Cada vez que empieza un año nuevo me planteo un montón de cosas, hago los típicos listados de proyectos, de sueños, de manifestaciones, de retos, etc. Y sí, logro cumplir la mayoría. En esta ocasión me salto todo. MI lema es «que me valga madres todo». Así, tal cual. Es momento de soltar el control, de dejar ir el estrés, el sobre pensar, la ansiedad por los pendientes a mediano plazo. Ya no quiero volver a cargar mi mochila con esas pequeñas piedritas de «·a ver qué pasa y cómo pasa».
Me declaro una doña huevos valemadrista. Esta vez me tomo el pasito a paso en cada día. Hoy hace un día espantoso, niebla, frío, lluvia, no tengo ganas de salir a caminar mis 10 mil pasitos de salud: pues no salgo. Punto se acabó. El dios castigador de los retos no va fulminarme con rayos y fuegos. La única que puede fustigarme toda la tarde es mi culpa, aunque también he aprendido a guardarla en una bolsa reciclada y ponerla en la basura, ¡que le den! ¡Que le den a la culpa! O como se dice en mexicano: ¡Chinga a tu madre, culpa!
Y es que solo así voy a poder avanzar en mi 2024. Y es el tercer día. Ya me dirán si tengo razón o no. Ojalá que todos nos tomemos este año menos en serio, que hay dos guerras, hubo un terremoto y se cayeron dos aviones y el clima está enfermo y en cualquier momento se nos cae la luna o el sol encima o por lo menos un satélite. Que nos morimos. Yo me voy a reír más, a gozarme más, a masturbarme más (intelectualmente, claro, y bueno, a lo mejor ya es momento de comprarme un satisfayer, el otro día los vi en las mesas de salida en el Media Market y no estaban caros, pero preferí comprarme un reloj digital de esos que cuentan todo lo que hago), a echarme unas siestas cuando tenga tiempo y ganas.
Ahora mismo todos estamos enfermos de gripe, de covid, de resfriado, de mocos, de algo… Los virus están celebrando sus fiestas en nuestros cuerpos y creo que para matarlos solo debemos rendirnos un poco y no luchar, decirles: venga, apúrense y acaben pronto, déjenme en paz, o por lo menos no ataquen mi cabeza, que me duele.
En fin, que creo que un poco así será también mi año de escritura, a lo loco, sin juzgarme, sin dedicarle larguísimas horas a corregir lo que ni siquiera vale la pena corregir. Porque yo escribo para mí y, si alguien lo lee, pues que lo lea y no me juzgue. Que se ría conmigo nada más. O por lo menos, que haga una mueca de satisfacción.
